Dormimos profundamente esa noche, abrazados, como casi siempre lo hacemos.
Llenos de cariño, con el frío colándose entre el edredón. De cuando en cuando nos soltábamos, para que luego nuestros cuerpos se unieran presurosos, extrañándose.

Ya amanecía, cuando desperté repentinamente y tú no estabas ahí; supuse entonces que habías ido a la cocina por agua, quizá con un poco de hielo, como de costumbre ya sucede cuando bebemos de más.
Atendí a los ruidos de la casa; nada de pasos, sonidos guturales o quejidos de crudo.
¿Qué sucede?, ¿Te desmayaste quizá?. O saliste a caminar al patio, deseando sentir el aire fresco en tu rostro y así disminuir las náuseas. Tal vez estás en la tienda, comprando cigarros, un refresco, un antiácido…
Permanezco acostada, me siento angustiada, creando una red de situaciones risibles y absurdas en  mi mente… Es el alcohol que queda en mi sangre, pienso.

Hoy no tengo prisa, así que te esperaré en la cama, tratando de dormirme de nuevo. Un dolor de cabeza ha comenzado a invadirme y mi humor no se presta para soportarlo.


Ya son las 10:39, he despertado otra vez, se me durmió el brazo derecho y el cosquilleo intermitente fue lo que me hizo abrir los ojos.
Te busco a mi lado con el brazo libre de sensación de agujas diminutas atravesándolo. Me sorprendo al percatarme de que tu lugar está vacío.

Una leve angustia me ataca, muchas preguntas caen como cascadas en mi mente: ¿Qué habrá pasado?, ¿Está bien?, ¿Habré pasado la noche roncando estruendosamente (jajaja) y el no lo soportó y se fue a dormir al cuarto contiguo?, ¿O si se cayó por lo ebrio y está inconsciente al pie de la escalera, mientras yo he estado durmiendo plácidamente?. No, no, no, el ruido de la caída me hubiese despertado.
Mi mente vuela, no se detiene. Acostumbro a hacer eso en momentos que me asustan.

Entonces se me escapa una risita nerviosa y con un dejo de vergüenza por lo absurdo de mis pensamientos, por lo volátil que es mi mente y la fuga de ideas.
Decido levantarme, antes de eso me estiro cual felino. Me pongo en pie y salgo a buscarte, para por fin deshacerme de la maraña de preguntas que a pesar de lo tontas (por que sé que lo son), continúan con la necedad de acaecer.
Antes de todo me dirijo al baño a “destomar”,  me lavo la cara, los dientes, me observo en el espejo y compruebo que mi rostro es un desastre mientras pienso en no desvelarme otra vez.

El cuarto de al lado está vacío e impecable, no dormiste ahí, eso quiere decir que mis ronquidos no son lo suficientemente molestos (¡Vaya, menos mal!)
Desciendo escalón por escalón, deseando no encontrarte al pie de la escalera con una contusión, o emanando sangre de tu cráneo. (De nuevo pensando de más…)
Desciendo con la esperanza de escuchar tu voz dándome los buenos días desde algún lugar de la casa.
La sala, el comedor, la cocina y el patio no muestran evidencia de que anduvieras por ahí minutos/horas antes.
Voy hacia la sala, triste por tu ausencia. Comienza un llanto silencioso que termina por volverse incontrolable, mientras me siento en un sillón y cierro los ojos. Me quedo dormida (Muy bien, caigo en los brazos de Morfeo mientras podría salir a buscarte, llamar a tu celular, preguntar a los vecinos.)

Escucho tu voz a lo lejos. Te escucho diciendo: “Amor, ¡despierta!”
Abro los ojos, los siento llenos de lágrimas, mi rostro recorrido por ellas también.
Volteo hacia ti, ¡ahí estás! (¿WTF?, ¿Qué fue todo el teatrito anterior?.)
Sorprendentemente estoy, estamos en tu habitación, en tu cama, yo junto a ti, tu abrazándome. Me miras con cariño y se dibuja en tu cara una interrogación: ¿Qué tienes? (Es así como la decodifico.)
Traduzco lo que en silencio preguntas y respondo con la voz ahogada, como quien está a punto de decir algo vergonzoso: Nada amor, es solo un sueño.

Te abrazo con fuerza, siento el palpitar de tu corazón.
Busco debajo de mi almohada mi celular, miro el reloj de la pantalla: 7:30 a.m. (¿Acaso el tiempo anda en círculos?, mi mente juega con la realidad, eso es, ese sueño me confundió.)
No importa, estás ahí, confío en el reloj.
Hay tiempo para unas horas más junto a ti.

Hoy no tengo prisa. De nuevo cierro los ojos deseando que un sueño dulce o por lo menos no tan angustiante me envuelva esta ocasión.
Estoy contigo; por ahora no hay más, no necesito nada. Todo va bien.

Antes de caer en un sueño profundo pienso que es un alivio para mi que estuvieras ahí y no al pie de la escalera o desmayado en el baño. (Sonrío por lo tonto de mi último pensamiento.)

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